Bakcheia

Feliz año nuevo. Como sabéis el año pasado participé en el Origireto, un reto de escritura creado por Katty (La pluma azul de Katty) y Stiby (Sólo un capítulo más). Este año es un tanto diferente, sólo incluye un relato al mes (sin microcuentos). Como en la anterior edición, cada uno teniendo que cumplir uno de los 12 objetivos que el propio reto propone, pero esta vez con el añadido de uno o dos objetivos secundarios. Eso añadido a los ya habituales objetivos anuales, objetos escondidos y incentivos para que nos comentemos y apoyemos entre los participantes. Vamos, que un reto bastante chulo al que apuntarse. Si tenéis más curiosidad pasad por cualquiera de sus blogs, y no dudéis en preguntar.

Sin más rollo, aquí tenéis el primer escrito.

Bakcheia

Amélie siempre estaba trabajando. No llevaba mucho tiempo en la empresa, pero su profesionalidad y esfuerzo era bien conocido por todo el mundo. Todo el mundo estaba encantado con ella. Por eso no era de extrañar su carrera meteórica. En tiempo record alcanzaba puestos de cada vez mayor responsabilidad. A pesar de eso trabajaba más duro cada vez. No lo hacía por ambición. El reconocimiento era siempre agradable, pero no era eso lo que le hacía quedarse hasta tarde en la oficina. Tampoco era el amor por su trabajo lo que le obligaba a llevarse la tarea a casa. Todo eso lo hacía su propia responsabilidad autoimpuesta. Cuando ella se comprometía, cumplía. No le importaba que las exigencias fueran imposibles de conseguir de otra forma, o que se estuvieran aprovechando de su ética profesional. Ella trabajaba con ahínco, hasta la extenuación, porque lo consideraba su obligación. Aquella noche, como muchas otras, Amélie se quedó dormida mientras terminaba unos informes en el despacho de su casa. Son incontables las veces que amaneció así. Pero no aquella noche. Alguien golpeando la puerta la despertó. Miró el reloj de su ordenador, al principio con sorpresa por la hora; rápido se convirtió en preocupación, debía ser algo grave para que la molestaran en mitad de la noche; y al final llegó el enfado, cuando al abrir la puerta no había nadie. Tras cerrarla y girarse para ir, esta vez sí, a su habitación, su pie notó algo. Era un sobre. Dubitativa, se agachó a recogerlo. Tenía su nombre escrito en tinta púrpura, con una caligrafía muy elaborada, llena de florituras. En el dorso, un sello de lacre en el que podía diferenciarse un racimo de uvas. Lo abrió sin salir de su desconcierto. ¿Un sobre escrito a mano, lacrado y sin remitente, en plena era de las comunicaciones digitales? Amélie apreció el esfuerzo y reconoció que el misterio estaba bien conseguido. Misterio que continuó en su interior. El papel que contenía, tan grueso que parecía cartulina y de color amarillento, también estaba escrito a mano, con la misma tinta y la misma caligrafía adornada. El papel, adornado con vides y hiedras, era una invitación. Una invitación a un baile como reconocimiento a un esfuerzo excepcional en el trabajo. Como firma, una simple D mayúscula, aún más recargada y ornamentada que la A con la que habían escrito su nombre. No podía salir de su asombro. Todo le parecía muy surrealista. Era consciente de que nada tenía sentido, esa carta no venía de su empresa, ellos habrían mandado un email a su dirección del trabajo. O, si hubiesen querido hacer algo más formal y pintoresco, al menos habrían puesto el logo de la empresa en el sobre o en la carta. Se le ocurrió que podría tratarse de alguna broma de mal gusto, pero algo en su interior le decía que no, que era real. Además, le parecía un poco demasiado elaborado para una broma. Por no decir que no se le ocurría nadie que pudiera querer gastarle ese tipo de broma. En cualquier caso era irrelevante. Tenía mucho trabajo, no podía perder el tiempo con bailes absurdos. Al día siguiente apenas pudo rendir en la oficina. No podía dejar de pensar en la misteriosa invitación. Lo intentaba con todas sus fuerzas, pero no conseguía sacarla de su cabeza. No quería reconocerlo, pero sabía que si no asistía al baile se arrepentiría. Al principio pensaba que era sólo por el suspense, por saber quién estaba detrás de todo esto. Pero era algo más, como una fuerza invisible que la empujaba a la conclusión de que no podía perderse el evento. Como una silenciosa vocecilla intentando suplantar a su propia conciencia. Decició que no tenía sentido resistirse a ella. Iría al dichoso baile.

Cuando llegó a la dirección que indicaba la invitación estaba desconcertada. No es que fuera una parte de la ciudad que conociera muy bien, pero nunca se habría imaginado encontrar allí semejante mansión. Aún así iba todo muy a juego con la parafernalia de la invitación. Todo tan ostentoso. Incluso le hizo gracia ver las vides en el jardín. Estaba claro que a su anfitrión le gustaban las uvas. Subió la escalinata de mármol hasta la impresionante puerta de madera. Cogió aire y tiró de la pesada aldaba para llamar. El sonido metálico hizo vibrar toda la estructura. Al poco la puerta se abrió y un hombre con la cara llena de arrugas y vestido con un chaqué se echó a un lado, invitándole a pasar con un gesto de la mano. —Bienvenida a Eleusis Manor, señorita Villanueva. La estábamos esperando. Por favor, espere un segundo aquí sentada, El señor D estará con usted en seguida. Amélie quiso preguntarle por el misterioso señor D, pero cuando se quiso dar cuenta el mayordomo había desaparecido. Por fortuna no tuvo que esperar mucho. Solo unos segundos más tarde un hombre alto, de una guapura exagerada y con un aire de magnificencia se presentó ante ella. Estaba segura de que no lo había visto en la vida, aún así le resultaba acogedoramente familiar. —Queridísma Amélie, ¡por fin has llegado! Estábamos empezando a pensar que no aparecerías. Hubiera sido una lástima, ¡eres la invitada de honor! Pero dónde están mis modales. Bienvenida a mi humilde morada —dijo sin ningún ápice de ironía —. Puedes llamarme Dio. —Es un placer, Dio. ¿Podrías explicarme qué es todo esto? —Juraría que lo deje bastante claro en la carta. Un reconocimiento a tantos años de duro trabajo. Una pequeña fiesta. Eres la invitada de honor. —Pero no lo entiendo, ¿trabajas para mi compañía o algo así? A Dio se le escapó una pequeña risa ante tal ocurrencia. —Para nada, digamos… que soy un filántropo. Cada cierto tiempo busco a alguien que supera los límites del esfuerzo y organizo una fiesta. Puedes verlo como un reconocimiento a tus méritos. —Todo esto es un poco raro. No te ofendas, pero no quiero aparecer mañana abandonada en un contenedor, muerta y sin riñones. —Para nada, entiendo tu suspicacia. Al fin y al cabo no me conoces de nada. Pero en el fondo sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad? —Eso no lo hace menos raro. Esta vez la risa que se le escapó a Dio fue una carcajada. —Tienes toda la razón. Pero cambiemos de tema, total, no nos va a llevar a ningún lado. Déjame hacerte una pregunta: ¿Eres feliz? La pregunta le pilló por sorpresa. —¿Cómo? Sí, claro. Supongo… —¿Supones? Pobre Amélie. No se supone que se es feliz. Cuando eres feliz lo sabes. —Claro que lo sé. Tengo un trabajo que me encanta y en el que me siento valorada. Tengo una carrera prometedora por delante. No podría pedir nada más. —Y aún así te falta algo, ¿me equivoco? —Vaya, eso sí que no me lo esperaba. ¿Vas a soltarme el discurso de la familia? Te llevarías de miedo con mi madre. Otra carcajada. —¿Familia? No podrías estar más perdida. Habrá quien encuentre felicidad en la familia, supongo, en fin, no seré yo quien los juzgue, pero no es lo mío. Yo hablo de felicidad de una forma más pura, más real. Felicidad en sí misma. Felicidad que no depende de nada más que de uno mismo. —No creo que exista semejante cosa. Mírate tú, por ejemplo. Seguro que piensas que eres feliz, pero mira a tu alrededor. A simple vista se ve que no te falta de nada, así cualquiera puede ser feliz, pero esa felicidad no es en sí misma. —Puede ser, tampoco estoy aquí para convencerte de lo contrario. Estamos aquí sólo para pasarlo bien. Dejemos los temas profundos para otra ocasión. El resto de invitados te está esperando. ¿Me concederás el honor de acompañarte? —No se, todo esto me parece un poco turbio. Quizá debería marcharme. —Bobadas. Ya has venido hasta aquí. Sabes que quieres entrar. Por supuesto que quieres. Si alguien se merece una noche sin preocupaciones esa eres tú, Amélie Villanueva. Un poco de diversión nunca ha matado a nadie. —Famosas últimas palabras, pero bueno. Mentiría si dijera que no siento curiosidad por ver qué hay detrás de esa puerta.

Amélie acompañó a su anfitrión hasta una sala con los techos más altos que había visto jamás. Lámparas de cristal llenaban la estancia de luz, y los invitados, incontables, aplaudieron su llegada mientras Dio hacía los honores de presentarla. Era cierto que todos parecían encantados de tenerla en la fiesta. Se sintió muy abrumada, pero le gustó la acogida. Intentó repasar las caras de los invitados, pero había demasiados y ninguno le recordaba a nadie. Tras la ovación el propio Dio le acompañó hasta una barra de bar que se encontraba al fondo de la sala. Se pusieron entre un hombre bajito y regordete y dos chicas muy guapas que cuchicheaban entre ellas. Una guiñó un ojo a Amélie, lo que hizo que esta se sonrojara. Había un camarero trabajando tras la barra, pero con un gesto de cabeza Dio le indicó que no hacía falta que se acercara. En lugar de eso fue el mismo anfitrión el que pasó al otro lado de la barra. El hombrecillo y las chicas se acercaron a Amélie y empezaron a hablar de cosas sin importancia, como en cualquier otra fiesta, mientras Dio le preparaba algo para beber. —Aquí tienes, una bebida de mi propia cosecha. La llamo Bakcheia. Es como tres cuartas partes de vino, de mi propia bodega, con zumo de un par de frutas  y un ingrediente secreto que nunca me sacaréis. —Sin que nadie le insistiera o siquiera lo mencionara el mismo acercó la mano a un lado de la boca y susurró, de manera inaudible—: Flor de Lililá. Amélie conocía el cuento, por lo que asumió que se trataba de una broma de su excéntrico anfitrión. El hombrecillo levantó su propia copa y brindó por la invitada de honor. Cuando Amélie se bebió el brebaje se sorprendió de lo rico que estaba. Intentó pensar en algo que hubiese probado alguna vez que estuviese más bueno que aquello, pero no se le ocurrió nada. De repente todo se volvió muy confuso a su alrededor. Se vio dando vueltas en un remolino de colores donde apenas podía distinguir a los demás invitados. La música dejó de ser melódica y se convirtió en un sonido desigual y arrítmico. Los temores de Amélie la invadieron a una. La habían drogado. Como pudo ser tan tonta. Se giró al hombrecillo, pero ya no había uno, ahora era un sátiro. Las chicas tampoco eran humanas, eran ninfas que reían mientras ella lo estaba pasando fatal, haciendo que se encontrara peor. Asustada se alejó de la barra dando tumbos. Se acercaba a otros invitados y ninguno era normal. Una docena de hadas diminutas bailaban con energía, revoloteando de un lado a otro. Un centauro con voz profunda contaba chistes a duendes y elfos que los recibían con risas agudas. Un flamenco con sombrero bebía vino de una fuente mientras que Albert Einsten se abrazaba a su cuello con una mano y levantaba una jarra de cerveza a modo de brindis con la otra. Amélie, asustada y sudorosa se chocó con Dio. —¿Qué me has dado? ¡Quiero irme de aquí! —No te preocupes, es la flor. No te hará daño, te lo prometo. Confía en mí, déjate llevar. Solo disfruta de la fiesta. —Estoy teniendo alucinaciones muy raras. —Estás desorientada, es normal. Le pasa a todo el mundo la primera vez. Pero fíjate bien. No estás alucinando. Todo eso que estás viendo es real. Su voz la tranquilizó, no entendía por qué tenía ese efecto en ella, no le terminaba de gustar, pero no podía dejar de hacerle caso. Cuando por fin todo dejó de dar vueltas comprendió lo que le intentaba decir. Su anfitrión no mentía, todo a su alrededor era real. Sólo era una fiesta. Una fiesta que nunca acabaría. Ella solo tenía que darlo todo. Dejar que el éxtasis invada su cuerpo. Por primera vez en la vida lo sintió. Estaba siendo feliz.

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Objetivo Principal: <8> Escribe un relato sobre un baile. 
Cuentos y Leyendas: <I> La flor de Lililá
Criaturas del camino: <V> Hadas
Palabras usadas: 2009 [Milpalabrista]
Objetos Ocultos: <14> Personaje conocido (Einstein), <16> Flamenco
Objetivos anuales: 
 - Personal: Que cada relato homenajée a un dios olímpico (Dioniso/Baco)
 - Rosa Insolente: Protagonista femenina.
La imagen de cabecera es una fotografía hecha por Michael Pardo bajo Dominio Público.
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